Las abuelas mexicanas tienen dos facetas- pueden ser increíblemente cariñosas a través de su cuidado o pueden ser muy duras cuando se trata de imponerse o de respetar las tradiciones.
Esta abuela nunca le dice a sus nietos que los quiere. En lugar de eso les prepara la comida más rica que posee su memoria, que viene de años de tradición y de procesos rigurosos. Los arropa de noche y se asegura de que no pasen frío, les repara la ropa si se ha roto sin que nadie se dé cuenta y cuida a los bebés de sus hijos y de sus nietos de la manera más dedicada posible, sin olvidar los deberes de la casa.
Todos hemos escuchado las historias de los castigos únicos y las actitudes repentinas de las mamás y abuelas mexicanas. Aventar sandalias, pegar en los dedos con cucharas de madera, jalones de cabello y de orejas. Porque las mamás y las abuelas saben todo.
Saben cuando te has portado mal, saben exactamente qué hiciste, y lo mejor de todo, cuando más se enojan contigo es cuando te has hecho daño. A ninguno de nosotros se nos olvidará el día en que sufrimos un golpe o una caída de los peores, y que además, vivimos el terror de que la abuela se enterara y claro, antes de terminar este pensamiento escuchabas el primer grito. Ese regaño, sin embargo, siempre venía acompañado de cualquier remedio, milenario o “improvisado”, que en un par de días haría que tu cuerpo olvidara que alguna vez estuvo herido. A nosotros nos daba asco, normalmente eran hierbas que olían chistoso, plantas o ramas que olían mal y líquidos salidos del fuego con un color, consistencia y olor que te hacían querer salir corriendo. Pero no podías, ahora estabas en manos de la abuela y ella no te iba a dejar hacerte más daño por tu propia estupidez.
Así que el amor maternal, y el amor de las abuelas siempre ha sido un poco violento. Detrás de esos años de su propio sufrimiento, de sus propias carencias y de sus grandes secretos está la creencia de que la familia es lo más importante, y sobre todo un amor ciego por sus hijos y sus nietos.
Las abuelas siempre nos empujan a ser buenas personas, por las buenas o por las malas. Si molestas a tu hermano o lastimas a los animales eventualmente tendrás un castigo que no olvidarás fácilmente.
Y más si mientes. Todos nos reímos cuando escuchamos esa frase de que si mientes tu castigo será que te laven la boca con jabón. ¡Pero para muchos de nosotros era algo cierto!
Nunca se me va a olvidar, hubo un verano en que muchos de mis primos y yo coincidimos en casa de la abuela, que para nosotros era lo más divertido pero ahora que lo pienso para ella debió ser un circo. En fin, el caso es que nuestros padres no podían cuidarnos y ahí estábamos, en casa de la abuela, y un día, al ir a recolectar los huevos para el desayuno, mi abuela se dio cuenta de que faltaba un par. Obviamente ella sabía que nosotros los habíamos tomado y cuando ella preguntó, nadie dijo nada.
Pues ese día en lugar de jugar como siempre, en este pasto enorme que había en su casa estuvimos todos adentro: barriendo, lavando los trastes, limpiando los frijoles… todo mal, a todos nos daba mucha flojera ayudar pero pues nadie quería decir qué había pasado con los huevos.
Y yo tenía un primo, que lo que pasó con él fue muy curioso, este primo era el típico maloso que aparte de que molestaba a todos, siempre se salía con la suya. Le pegaba a su hermano y lo encerraba para que nadie lo escuchara llorar o nos asustaba y nos hacía llorar y cuando le decíamos a mi abuela él ya se había ido, se salía a la calle o le llamaba por teléfono a su mamá para que mi abuela no le pudiera gritar.
En fin, después de ese día ya nadie quiso agarrar los huevos, aparte de que mi primo tenía esta idea loca de que quería empollarlo y abrirlo antes de que el pollito se formara completamente para hacer un pollo zombie… una idea loca que sólo a los niños de esa edad se les ocurre. Y lo dejamos un rato. Y en ese entonces en el pueblo donde vivía mi abuela los que vendían el agua siempre tenían que meter los garrafones a las casas, a veces también hasta colocarlos, porque pues en todas las casas había mujeres solas. Que cargaban 20 kilos de ropa, y 15 litros de agua cuando por alguna razón la tubería fallaba y varios vecinos tenían que pedir una pipa de agua o algo así, o colocaban el metate para moler los granos y las piedras pesaban también, como 10 kilos y todavía les ponían cosas encima cuando las movían… pero no podían, yo creo que no las dejaban, cargar un garrafón de 20 litros de agua porque eso era trabajo para un hombre… En fin. Uno de estos hombres que venía a traer los garrafones tenía una cicatriz grande en la cara, y pues a todos nos daba miedo. Además de que se comportaba muy raro. Pensándolo ahora seguramente era porque toda la gente, y nosotros también, lo tratábamos muy diferente al verlo, como que nos cuidábamos de él. Y mi abuela también desconfiaba de él, siempre pensaba que le iba a robar algo.
Y luego un día volvieron a desaparecer otro par de huevos. Obviamente todos pensábamos que había sido Jorge, este primo, pero él no decía nada, normalmente te presumía, pero esta vez había estado bien portado y ninguno de nosotros podía asegurar que había sido él. Mi abuela estaba enojadísima y nos empezó a regañar y ya nos estaba dando cosas que hacer a cada uno cuando Jorge se le queda mirando y le dice: “Fue el señor del agua, yo lo vi”. ¡Pero lo dijo muy serio! Y pues todos le creímos. Al día siguiente ese señor estaba entregando garrafones en la casa de al lado, y mi abuela salió y le gritó… El caso es que lo quitaron de la ruta, yo no sé si hasta perdió su trabajo. Pero como dije antes, las abuelas saben todo y nos estuvo observando hasta que un día descubrió un “escondite” que tenía Jorge, y encontró los huevos, bueno los pollitos muertos, y se enojó bastante. Todos escuchamos los gritos y de lejos vimos cómo lo tenía de la mano, no lo soltaba, lo llevó a la cocina y abrió un mueble grande que tenía hierbas y esas cosas, y abrió un baúl que yo nunca había visto, y sacó un jabón. Le lavó la boca con jabón, yo creo que del enojo fue lo único que se le ocurrió, y a lo lejos todos nos reíamos porque a nadie en realidad le caía bien Jorge, era muy abusivo. Después de eso nos mandó a todos a dormir, nos dio unos vasos de leche para que los lleváramos a los cuartos y nos fuimos a dormir.
Y esa noche algo pasó con Jorge. Él durmió solo en un cuarto que nadie ocupaba, yo creo que seguía muy asustado, pero no supimos exactamente qué pasó. Al día siguiente lo vimos callado y tranquilo todo el día, nos acercábamos pero en realidad no quería hablar. Le preguntábamos si mi abuela le había pegado y nos decía que no, que le lavó la boca con jabón, que sabía muy feo… Y era todo. No sé si en realidad lo vi arrepentido, pero en todo el verano no volvió a mentir. Poco a poco volvió a jugar con nosotros y seguía siendo un poco malvado, pero nunca mentía. Aunque lo castigaran.
Cuando se estaba terminando el verano todos comenzaban a regresar a sus casas. Mi hermano y yo fuimos los últimos, antes de nuestros padres vino el padre de Jorge, pero como todos nosotros, no se quería ir. Su papá era muy duro y comenzó a amenazarlo como siempre, pero él no quería irse, yo lo veía con miedo de irse. Y cuando el papá se desesperó y se quitó el cinturón, obviamente sin hacer caso a lo que decía mi abuela, que siempre trataba de evitar esas situaciones con mi tío, Jorge se puso delante de él, muy serio, y le dijo: “No me gusta que me pegues. No me gusta que me grites y tampoco que maltrates a mi mamá. Si no nos quieres, déjanos.” Y el mundo se detuvo. Mi abuela, mi hermano, mi tío, nadie sabía qué decir, nos quedamos pasmados. Después de unos momentos el papá de Jorge sólo se dio la vuelta y se fue muy enojado. Eventualmente Jorge tuvo que regresar a su casa, mi abuela lo llevó, pero no mucho después sus papás se divorciaron y su papá se fue a vivir a otro lado, casi nadie lo vio mucho después de eso. A mí me da la impresión de que estaba muy avergonzado, a pesar de que éramos muy pocos ahí esa noche, no hemos sabido mucho de él.